caminar desintegrado de mí desprendida la historia de mí por las callecitas empedradas de la ciudad vieja pontevedresa en una primavera esplendorosa
y conocer al único argentino piola amante de la Galizia Anti-fascista y las gallegitas rápidas
y viajar en su Ford Fiesta hacia Portugal, hacia Valenza, con el audio al re palo
y yo volviéndome loco porque descubría la cumbia imperecedera de "Los Palmeras"
y por la noche caer a ese bar que creímos se llamaba Mongolia y nada que ver bien borrachos andaríamos
porque el lugar se llama Monclóa y adentro conocí el extenso túnel del tiempo bebiendo y riendo y gritando con la voz de nuestro río
y bailé furioso cuando sonó Siniestro Total y "Yo bailaré sobre tu tumba"
todos los gaitas gritaban y reían como quien sabe que algo es absolutamente suyo y es verdad
no hay mejor sensación que esa: la de poder ser sorprendido por una canción de una bandita española que siempre creiste que conocías vos y tus cinco amigos del rioba
estar absolutamente desilusionado y aburrido sin saber por qué
sentirse más imbécil y aborrecible que cualquiera de los peores días de la vida
perder la autoestíma con la misma facilidad con que se deposita la mala suerte en los casinos o en los burros y los palacios de la lubricidad
sentir la imperiosa necesidad de componer una canción cuando lo que falta es el piano la guitarra... la okarina y el djembé
o peor: conseguir el instrumento y darse cuenta que se perdieron las ganas de hacerlo
saber que siempre se tienen las ganas de salir hasta que llega el sábado y ese día, en particular, acaba resultando peor que los domingos y éste preciso kilaje de lunes
pensar en estupideces como: ¿por qué no me dediqué a estudiar economía, derecho, medicina? ¿por qué abandoné la escuelita de fútbol de Marangoni?
enojarse porque los amigos nunca llaman por teléfono y decidir, en represalia, no llamarlos nunca más
pasar largas jornadas, sino décadas, de absurda soledad
llorando al ignominoso Destino por prohibirnos toda posibilidad de amar o ser amado -ésta última más que nada, primero que todo- y luego...
luego sentirse sofocado de tanta pareja de tanto compartir de tanto mostrar lo obvio y desear, infatigable, a todas sus amigas
y, por supuesto, a las miles de minas desconocidas que caminan por la calle de cualquier ciudad
-y justo ahí es cuando se les depierta el misterioso radar que les indica que somos codiciables-
¡ansias de soltería cuando no hace mucho se gritaba lastimeramente de dolor ante el constante remolino de las aguas siempre turbias de la unisexualidad!
ver una linda campera de cuero en la vidriera, un buen disco en la disquería, unas cuantas películas originales, un buen equipo de audio para el auto en aquella casa de electrónica...
y comprarlo todo
para llegar a tu casa alquilada y volver a cenar hamburguesas rancias y a beber agua de la canilla
pensar más de la cuenta por tener más que claro que uno debería morirse para saldar su propio destiempo
sentir odio ante cualquiera, en particular ante un político y un intelectual
y envidiar a los pájaros, aunque estén encerrados en una jaula